Septiembre 20, 2007
Montar bicicleta
Y claro que me acuerdo de ti
Claro que me acuerdo de ti y de cómo te reías de mí
Claro que me acuerdo de ti,
Claro que me acuerdo de la cerveza que me hizo reventar esa noche
Claro que recuerdo, ahora que ya nadie está dentro del otro
Septiembre 5, 2007
Nala

Desde que Nala se marchó, el jardín ya no ha sido el mismo. Los horizontes del río, el lado donde solíamos jugar con placer en las montañas, y el lado donde la inocencia se perdía entre las brumas del dolor, se hicieron uno solo. Ya no queda nada desde que Nala se marchó. Los botones de mi camisa están enfermos. Todo Yo en sí padezco de ternura desolada. He dejado de creer en los bigotitos de los gatos, en los dientes de león que antes se esparcían con gran altura cuando Nala les soplaba con sus labios tan finos y delgados. Ese era el pasatiempo favorito de Nala: salir a buscar en este lado del río, dientitos de león para soplarles y luego ver cómo se pegaban a su piel. Ella decía que le causaban una comezón parecida al cosquilleo de las flores cuando se perdía en este mar de girasoles. Se fue. Nala se fue. No quiero tocarla para que vuelva. No quiero, porque luego, tendré que soltarla. Nunca podrá estar eternamente conmigo. No puedo poseerla para siempre. Entonces sólo me queda girar. Dar vueltas y más vueltas con los brazos extendidos hasta que cae la noche. Y de nuevo volteo hacia el lado por donde Nala se fue alejando del brazo de su padre. Y me decía “adiós” con lágrimas que parecían cera quemándole el rostro. Nala me dijo “volveré, te prometo que volveré” pero sabía que esas palabras no eran para cumplirse. Sabía que hay promesas que se hacen para nunca cumplirse. Nala no volvió. Sabía que no volvería. Lo supe porque desde entonces no hay ningún diente de león. Y los gatitos ya no mueven sus bigotes como antes. Ahora… sólo giro. Y giro. Mirando hacia ese lado por donde se fue Nala agarrada del brazo de su padre. Llorando. Jalándole del chaleco para que la dejara aquí, conmigo. Pero él no quiso. Él la sacó como pudo de mi regazo. ¿Cómo desnudaré a Nala ahora que está de nuevo viva? Tal vez tenga que esperar a que de nuevo Nala deseé estar conmigo. Y en su desesperación vuelva a tomar el antítodo para regresar a mis brazos. Nala sabe lo que soy. Nala sabe que aquí no hace frío. Que en este lugar no existen los límites, ni las fronteras. Que aquí, sólo aquí, se va a sentir más viva. Y nadie le prohibirá nada. No sé por qué se la llevaron. Nala no quería regresar. No quería. Lo supe desde la primera vez que vi sus ojos manantiales. Cuando se recostaba de lado y dejaba de respirar por estar aquí, conmigo. Nala prometió volver, pero no dijo cuándo. Esta promesa me sabe a navajas. A fuego carcomiéndose mi garganta. Nala prometió volver. Desde entonces Mictlán está muerto. No hay nadie que cruce a la gente. Yo estoy aquí, en la otra orilla, esperando a Nala para atravesarla, para hacerle el amor en el caudal de la muerte.
Leticia Cortés
Agosto 21, 2007
Entresuelo
ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,
la noche como siempre, y yo sin hambre,
con un chicle y un sueño, una esperanza.
Hay muchos hombres fuera, en todas partes,
y más allá la niebla, la mañana.
Hay árboles helados, tierra seca,
peces fijos idénticos al agua,
nidos durmiendo bajo tibias palomas.
Aquí, no hay mujer. Me falta.
Mi corazón desde hace días quiere hincarse
bajo alguna caricia, una palabra.
Es áspera la noche. Contra muros, la sombra
lenta como los muertos, se arrastra.
Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.
Su piel sobre mis huesos
y mis ojos dentro de su mirada.
Nos hemos muerto muchas veces
al pie del alba.
Recuerdo que recuerdo su nombre,
sus labios, su transparente falda.
Tiene los pechos dulces, y de un lugar
a otro de su cuerpo hay una gran distancia:
de pezón a pezón cien labios y una hora,
de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.
Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,
hasta el último vuelo de la última ala,
cuando la carne toda no sea carne, ni el alma
sea alma.
Es precioso querer. Yo ya lo sé. La quiero.
¡Es tan dura, tan tibia, tan clara!
Esta noche me falta.
Sube un violín desde la calle hasta mi cama.
Ayer miré dos niños que ante un escaparate
de maniquíes desnudos se peinaban.
El silbato del tren me preocupó tres años,
hoy se que es una máquina.
Ningún adiós mejor que el de todos los días
a cada cosa, en cada instante, alta
la sangre iluminada.
Desamparada sangre, noche blanda,
tabaco del insomnio,triste cama.
Yo me voy a otra parte.
Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.
Agosto 21, 2007
El Hombre de la lluvia
No sabes porqué, pero cuando me necesitas y me llamas siempre acudo a tu encuentro.
Entonces, cuando nos encontramos, veo tu cara mirada, tus manos temblorosas y tus ojos asustados. Y yo, como siempre te sonrió con dulzura mientras seco tus mejillas y tomo tus manos. Te abrazo y te llevo lejos de la lluvia y el frió. Las tinieblas quedan atrás y por un momento te veo sonreír de nuevo. Que hermosa es tu sonrisa. Cuando aparece en tu rostro de repente vuelves a ser preciosa.
No necesitas hablarme por que tus ojos hablan por ti y me dicen todo lo que un hombre de la lluvia podría desear escuchar. Me dices: cómo lo haces, siempre lo consigues, nunca me dejas sola en los días grises, gracias, muchas gracias…
Mientras veo todo eso en tus ojos me siento tan feliz…porque así somos los hombres de la lluvia. Sigo mirándote a los ojos, ahora vivos de nuevo, llenos de cariño y gratitud, de ternura y quietud. Y mientras te sigo mirando, lentamente, la tristeza se adueña de mí. Porque sé que pronto volveré a perderte. La tormenta se aleja de ti y tú corres de nuevo en busca de la luz, de la vida.
Quizás haya algún hombre de la luz que te espera, para volver contigo todos los amaneceres del mundo, para poder verte despertar con tu rostro maquillado de felicidad, para hacerte olvidar que hay tormentas y para que no pienses más en mí…
¿Sabes? A veces me gustaría ser un hombre de la luz. Quizás así no te vería con el pelo mojado, ni tiritando, ni desorientada en la penumbra. Me gustaría verte reluciente como el sol, llena de vida como un río en primavera y alegre como una mañana en el bosque… pero sólo soy un humilde hombre de la lluvia. Tan solo sé abrazarte y darte ternura, agitar los brazos para que la tormenta se aleje de ti, sonreírte y decirte con mis ojos que nunca dejare que llores. Pero eso no es lo que hacen los hombres de la luz. Ellos son de otro modo. Ellos temen a la oscuridad y a la tempestad y nunca se atreven a venir a buscarte cuando el miedo te atrapa sin avisar. Pero son pacientes, y cuando la luz vuelve a cubrir tus cabellos con el aura que yo nunca alcanzo a ver, entonces, entonces viene a buscarte.
Yo desde lejos los veo marchar y hasta creo distinguir el aura de la que te hablé. Mis ojos brillan, mis labios sonríen, pero a la vez siento que en mi corazón algo ha vuelto a morir de nuevo.
Soy el hombre de la lluvia ¿recuerdas? Quizás algún día, cuando marches de nuevo a tu camino hacia la luz del sol, tu rostro se vuelva hacia mí y me digas: ven quiero enseñarte el amanecer.
“El ultimo Hogol”
Julio 6, 2007
Habla Peter Pan
Junio 29, 2007
¿Qué soñaremos los mutilados del corazon?
Leticia Cortés



