Octubre 23, 2007

Tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas.
Bécquer.

Octubre 4, 2007

Septiembre 20, 2007

Montar bicicleta


Y claro que me acuerdo de ti
si eres como montar bicicleta

Claro que me acuerdo de tus labios en mis labios
de tus piernas cerradas y cobardes como los monos del parque de las leyendas.

Claro que me acuerdo de ti y de cómo te reías de mí
Pero claro que lo hacías con cariño, con respeto.
Con ese respeto malcriado que se burla del rosado
y de los cojines con nariz plastificada.

Claro que me acuerdo de ti,
de mis mentiras (de mis grandes mentiras),
y de tus palabras en mis odios tapados.

Claro que me acuerdo de la cerveza que me hizo reventar esa noche
y tú te fuiste para siempre, llorando de cólera y no llorando de pena.
Hubiera sido más fácil que lloraras de pena
Hubiera sido mejor quebrarte las piernas
Tú sabías cómo eran las cosas antes de volver.
Tú sabías de mi condición delicada, de mis puntos flacos.

Claro que recuerdo, ahora que ya nadie está dentro del otro
A ti te sorprenderá que todavía exista un todavía
a ti sorprenderá que siga siendo un mentiroso
y tú la niña tonta que me lee hasta la última palabra
© Rafael Robles, 2005

Septiembre 5, 2007

Nala


Desde que Nala se marchó, el jardín ya no ha sido el mismo. Los horizontes del río, el lado donde solíamos jugar con placer en las montañas, y el lado donde la inocencia se perdía entre las brumas del dolor, se hicieron uno solo. Ya no queda nada desde que Nala se marchó. Los botones de mi camisa están enfermos. Todo Yo en sí padezco de ternura desolada. He dejado de creer en los bigotitos de los gatos, en los dientes de león que antes se esparcían con gran altura cuando Nala les soplaba con sus labios tan finos y delgados. Ese era el pasatiempo favorito de Nala: salir a buscar en este lado del río, dientitos de león para soplarles y luego ver cómo se pegaban a su piel. Ella decía que le causaban una comezón parecida al cosquilleo de las flores cuando se perdía en este mar de girasoles. Se fue. Nala se fue. No quiero tocarla para que vuelva. No quiero, porque luego, tendré que soltarla. Nunca podrá estar eternamente conmigo. No puedo poseerla para siempre. Entonces sólo me queda girar. Dar vueltas y más vueltas con los brazos extendidos hasta que cae la noche. Y de nuevo volteo hacia el lado por donde Nala se fue alejando del brazo de su padre. Y me decía “adiós” con lágrimas que parecían cera quemándole el rostro. Nala me dijo “volveré, te prometo que volveré” pero sabía que esas palabras no eran para cumplirse. Sabía que hay promesas que se hacen para nunca cumplirse. Nala no volvió. Sabía que no volvería. Lo supe porque desde entonces no hay ningún diente de león. Y los gatitos ya no mueven sus bigotes como antes. Ahora… sólo giro. Y giro. Mirando hacia ese lado por donde se fue Nala agarrada del brazo de su padre. Llorando. Jalándole del chaleco para que la dejara aquí, conmigo. Pero él no quiso. Él la sacó como pudo de mi regazo. ¿Cómo desnudaré a Nala ahora que está de nuevo viva? Tal vez tenga que esperar a que de nuevo Nala deseé estar conmigo. Y en su desesperación vuelva a tomar el antítodo para regresar a mis brazos. Nala sabe lo que soy. Nala sabe que aquí no hace frío. Que en este lugar no existen los límites, ni las fronteras. Que aquí, sólo aquí, se va a sentir más viva. Y nadie le prohibirá nada. No sé por qué se la llevaron. Nala no quería regresar. No quería. Lo supe desde la primera vez que vi sus ojos manantiales. Cuando se recostaba de lado y dejaba de respirar por estar aquí, conmigo. Nala prometió volver, pero no dijo cuándo. Esta promesa me sabe a navajas. A fuego carcomiéndose mi garganta. Nala prometió volver. Desde entonces Mictlán está muerto. No hay nadie que cruce a la gente. Yo estoy aquí, en la otra orilla, esperando a Nala para atravesarla, para hacerle el amor en el caudal de la muerte.

Leticia Cortés

Agosto 21, 2007

Despues de la muerte

Agosto 21, 2007

Entresuelo

Un ropero, un espejo, una silla,
ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,
la noche como siempre, y yo sin hambre,
con un chicle y un sueño, una esperanza.
Hay muchos hombres fuera, en todas partes,
y más allá la niebla, la mañana.
Hay árboles helados, tierra seca,
peces fijos idénticos al agua,
nidos durmiendo bajo tibias palomas.
Aquí, no hay mujer. Me falta.
Mi corazón desde hace días quiere hincarse
bajo alguna caricia, una palabra.
Es áspera la noche. Contra muros, la sombra
lenta como los muertos, se arrastra.
Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.
Su piel sobre mis huesos
y mis ojos dentro de su mirada.
Nos hemos muerto muchas veces
al pie del alba.
Recuerdo que recuerdo su nombre,
sus labios, su transparente falda.
Tiene los pechos dulces, y de un lugar
a otro de su cuerpo hay una gran distancia:
de pezón a pezón cien labios y una hora,
de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.
Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,
hasta el último vuelo de la última ala,
cuando la carne toda no sea carne, ni el alma
sea alma.
Es precioso querer. Yo ya lo sé. La quiero.
¡Es tan dura, tan tibia, tan clara!
Esta noche me falta.
Sube un violín desde la calle hasta mi cama.
Ayer miré dos niños que ante un escaparate
de maniquíes desnudos se peinaban.
El silbato del tren me preocupó tres años,
hoy se que es una máquina.
Ningún adiós mejor que el de todos los días
a cada cosa, en cada instante, alta
la sangre iluminada.
Desamparada sangre, noche blanda,
tabaco del insomnio,triste cama.
Yo me voy a otra parte.
Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.

Jaime Sabines

Agosto 21, 2007

El Hombre de la lluvia

Sabes quien soy ¿verdad? Soy el hombre de la lluviaSoy el que pasea por las calles cuando nadie más lo hace. Cuando la lluvia cubre tu cara, cuando el frió se asienta en tu pecho, cuando las tinieblas te envuelven, entonces es cuando puedes verme.

No sabes porqué, pero cuando me necesitas y me llamas siempre acudo a tu encuentro.

Entonces, cuando nos encontramos, veo tu cara mirada, tus manos temblorosas y tus ojos asustados. Y yo, como siempre te sonrió con dulzura mientras seco tus mejillas y tomo tus manos. Te abrazo y te llevo lejos de la lluvia y el frió. Las tinieblas quedan atrás y por un momento te veo sonreír de nuevo. Que hermosa es tu sonrisa. Cuando aparece en tu rostro de repente vuelves a ser preciosa.

No necesitas hablarme por que tus ojos hablan por ti y me dicen todo lo que un hombre de la lluvia podría desear escuchar. Me dices: cómo lo haces, siempre lo consigues, nunca me dejas sola en los días grises, gracias, muchas gracias…

Mientras veo todo eso en tus ojos me siento tan feliz…porque así somos los hombres de la lluvia. Sigo mirándote a los ojos, ahora vivos de nuevo, llenos de cariño y gratitud, de ternura y quietud. Y mientras te sigo mirando, lentamente, la tristeza se adueña de mí. Porque sé que pronto volveré a perderte. La tormenta se aleja de ti y tú corres de nuevo en busca de la luz, de la vida.

Quizás haya algún hombre de la luz que te espera, para volver contigo todos los amaneceres del mundo, para poder verte despertar con tu rostro maquillado de felicidad, para hacerte olvidar que hay tormentas y para que no pienses más en mí…

¿Sabes? A veces me gustaría ser un hombre de la luz. Quizás así no te vería con el pelo mojado, ni tiritando, ni desorientada en la penumbra. Me gustaría verte reluciente como el sol, llena de vida como un río en primavera y alegre como una mañana en el bosque… pero sólo soy un humilde hombre de la lluvia. Tan solo sé abrazarte y darte ternura, agitar los brazos para que la tormenta se aleje de ti, sonreírte y decirte con mis ojos que nunca dejare que llores. Pero eso no es lo que hacen los hombres de la luz. Ellos son de otro modo. Ellos temen a la oscuridad y a la tempestad y nunca se atreven a venir a buscarte cuando el miedo te atrapa sin avisar. Pero son pacientes, y cuando la luz vuelve a cubrir tus cabellos con el aura que yo nunca alcanzo a ver, entonces, entonces viene a buscarte.

Yo desde lejos los veo marchar y hasta creo distinguir el aura de la que te hablé. Mis ojos brillan, mis labios sonríen, pero a la vez siento que en mi corazón algo ha vuelto a morir de nuevo.

Soy el hombre de la lluvia ¿recuerdas? Quizás algún día, cuando marches de nuevo a tu camino hacia la luz del sol, tu rostro se vuelva hacia mí y me digas: ven quiero enseñarte el amanecer.

“El ultimo Hogol”

Julio 6, 2007

Habla Peter Pan

Voy a enseñarte a volar, niña Wendy. Ven, cierra los ojos, tiende los brazos, respira muy hondo por la nariz, salta hacia el norte, busca tu estrella…ven. Seré tu hermano volador, tu antipadre; vamos a irnos juntos como globos errantes, como meteoritos ascendentes y perezosos, con el viento de lo alto despeinándonos cariñosamente como si fuese la mano brusca y tierna que el héroe, desde su caballo, pone sobre la cabeza del niño que le admira al pasar. Subiremos, Wendy: ¡no hay nada como volar! Y reiremos, reiremos, porque la risa es el combustible de nuestro vuelo, la propulsión que vence la gravedad de lo imposible. Para volar, hay que dejar de ser grandes y reir… ¿Quiéres saber adónde iremos? Ya te lo imaginas, pero como te gusta oírlo de nuevo voy a repetírtelo: al país de Nunca Jamás. Para llegar hasta allí no es preciso viajar mucho, aunque la distancia que nos separa de él sea infranqueable para la mayoría. Para llegar a Nunca Jamás no hay que trasladarse, sino transformarse y esto es algo que no resuelven las agencias de viajes. ¿O será mejor decir: no transformarse, resistir el vértigo de las transformaciones que nos acerca a la vejez, la respetabilidad responsable y la muerte? Debemos transformarnos en lo inmutable, Wendy, debemos convertirnos sin cesar en permanentes: para ser eternos, tenemos que ser como niños. ¿Se puede ser como un niño sin ser un niño? Ése es el único y verdadero problema. Porque, bien mirado, el niño es la negación más flagrante de la inmutabilidad y lo permanente; al lado de sus constantes modificaciones – día a día, minuto a minuto – la petrificación estable y conservadora del anciano es un monumento de granito. Cuando más crecemos, menos cambiamos, según me cuentan (te imaginarás lo difícil que me es hablar de estas cosas a mí, que no sé crecer): en los primeros cinco años de nuestra vida sufrimos transformaciones infinitamente más importantes – cuantitativa y cualitativamente – que en los setenta o noventas restantes. Ser un niño inmutable es un círculo cuadrado: el auge es más rápido que la decadencia, o mejor, el auge es la forma más rápida de decadencia y la decadencia es un auge que comienza a frenar. ¡Ay Wendy, que yo sólo quería enseñarte a volar, hablarte de los piratas, indios y fieras de Nunca Jamás, y aquí me tienes, dándote una lección de metafísica sobre el problema del tiempo! Pero no decaigas niña mía, subamos, subamos…
Déjame que te hable del capitán Garfio, aunque no sea más que para amenizar nuestra travesía hacia Nunca Jamás. Garfio, que es un buen pirata, es decir, muy malo, traidor, ostentoso, fanfarrón y ávido de lo ajeno, a Garfio le persigue eternamente un cocodrilo. Ese bicho le comió una vez el brazo izquierdo, con reloj y todo, y le supo tan bueno que ya no piensa más que en comerse el resto. Pero el tictac del reloj tragado advierte a Garfio de que su enemigo se acerca: vive huyendo, el pobre, de ese reloj que pretende devorarle y un día u otro lo conseguirá. A mí me pasa lo mismo, ¿no te das cuenta? Garfio y yo somos hermanos de cocodrilo, o, si prefieres, lloramos las mismas lágrimas cocodrilescas cuando oímos el sonido de un reloj. El día que nos despertemos – el día que el cocodrilo nos alcance – vamos a resultar hermanos Garfio y yo, ya lo verás; hermanos de cocodrilo y de Nunca Jamás, hermanos de princesa india raptada, hermanos de ocio y de aventura, hermanos improductivos, rapaces, audaces, ligeros, volubles, superfluos… Nadie entiende a Garfio como yo le entiendo y nadie me entiende como me comprende él: por eso somos enemigos mortales, ya que también el odio es una forma de parentesco y no la menos noble, a fe mía. ¿Me preguntas cuál es el cocodrilo que lleva el reloj amenazador de mi tiempo en su panza? Por favor, Wendy desde hace rato no te hablo de otra cosa: tú eres el cocodrilo que sigue mi rastro por los caribes de Nunca Jamás, tú eres el cronómetro que envenena la eternidad inverosímil de la que me reclamo, tú eres la aliada de lo que va a desterrarme a la madurez… ¡mi dulce, anhelosa y anhelada, mi fugaz Wendy!
Fernando Savater. Criaturas en el aire.

Junio 29, 2007

Because

Junio 29, 2007

¿Qué soñaremos los mutilados del corazon?

¿Qué soñaremos los mutilados, los astillados del corazón? ¿Que tenemos alas más fuertes y más grandes, y que no hay ningún sol que pueda arrebatarnos la vida? ¿Qué soñamos cuando somos libres del alma? Cuando tenemos la libertad de ser palabras de fuego, jinetes del Apocalipsis. ¿Qué peste nos invade el estómago? ¿Por qué cerramos los ojos y sentimos que seguimos viendo? Que del otro lado alguien nos está mirando y nos vela la preocupación, nos quita el miedo, nos besa y nos dice que todo está bien. ¿Qué soñaremos los que tenemos los ojos ampollados, las manos rojas e irritadas, la lengua engripada y la nariz escaldada del polvo de ausencia? ¿Qué soñaremos los viajeros compulsivos? Los que soñamos con estar para siempre dentro de otro cuerpo, y siempre estamos afuera, muriéndonos de frío, cubiertos de la cara, fríos por la muerte, soñolientos… ansiosos por vivir, prefiriendo soñar, porque en los sueños el miedo se convierte en relojes carcomidos, en tiempo que no aparece, se esfuma y se divierte a ser una canción muda. ¿Qué soñaremos los mutilados del corazón?

Leticia Cortés