Si me preguntaran qué es lo que amo de un hombre, podría responder que amo una lengua suave y cálida, una lengua que al acariciar, humedezca el sexo sin necesidad de rozar con su mano por debajo de la falda. Me gustan las lenguas que se enroscan entre la comisura de los labios, que se pasea como ángel por entre los dientes y se posa como colibrí a mitad del oleaje. Confieso que soy adicta a cualquier lengua que pueda hacerme olvidar el lugar en el que me encuentro y hasta mi nombre, que me penetre al instante y me incite a apretar fuerte el cabello para atraer su cuerpo hacia mí (…)
Historia de las lenguas
A.L.
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